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EL DESTETE O DESHIJE
La faena de separar al becerro de su madre, realizada a caballo y en
campo abierto, es una faena bella, difícil y desconocida.
Cuando el becerro tiene entre cinco y siete meses, hay que separarlo de
la madre, pues entorpece el buen desarrollo de la siguiente maternidad.
Como es lógico, la madre no permite que le arrebaten a su hijo y embiste
a todo aquel que lo intenta. Eso ocurre cuando se hace a la antigua
usanza, a campo abierto, con caballos puestos y «domaos»; si se realiza
en los chiqueros y corrales de una plaza, no es más que una mera faena
de manejo, sin ningún tipo de mérito o belleza.
Los ganaderos que creen que el oficio de criar toros bravos es un arte,
rinden culto al animal que crían y piensan que hay que vencerle con
inteligencia, pero sin ventajas.
Por
ello, proceden a apartar en el campo las vacas paridas de las que no lo
están. Una vez formada la tropa, junto a los bueyes, la conducen al
cercado de los alares, adosado a toda la plaza de tientas. Ese cercado
es de forma rectangular y tiene una dimensión máxima de 10.000 m2. En
una esquina se reúne a la tropa de vacas, bueyes y becerros amparada por
dos hombres a caballo. El ganadero entra a caballo en la tropa y,
fijándose en la madre y en el becerro, va sacando la pareja a lo largo
de la pared. Al principio, muy despacio, para no romper la homogeneidad
del grupo -para que no se «estumpe»-. Así, sin permitir «volver la cara»
a la vaca, se corre a lo largo de la pared hacia las puertas de salida
que están abiertas, para permitir la salida de la vaca.
Es normal que el instinto maternal de la vaca la haga volver a buscar a
su becerro. En ese caso, hay que parar el caballo y encauzarla
nuevamente hacia la salida, sin dejarla llegar a la tropa.
Si el terreno ganado por la vaca, en su intento de regreso, es muy
amplio, no se puede insistir y hay que dejar que vuelva al grupo. Así
una y otra vez, sin prisas, ni voces. Todo realizado con una gran
cohesión y entendimiento entre los que realizan la faena. Se comienza
por las vacas más difíciles: las primerizas y las madres de becerros más
tiernos. Las que han parido varias veces ya conocen la faena y son más
fáciles de desahijar. A las madres de becerros mayores, ya les molesta
la cría y oponen menor resistencia que las otras. Al principio es
relativamente fácil la faena, pero, a medida que van saliendo las vacas
y quedan menos en la tropa, los becerros, sin madre, se inquietan y la
labor de los vaqueros para sujetarlos se acrecenta.
Las vacas más díscolas y difíciles, que se han vuelto una vez, van
quedando para el final y son las más difíciles de desahijar. Los
becerros se arropan con los bueyes y se meten en los corrales. Afuera
quedan las madres berreando, corriendo la pared de arriba abajo.

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