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San Pelayo, la capital mundial del porro y
sede permanente del Festival Nacional de ese aire, festeja un evento
que expresa cabalmente la cultura sinuana en toda su integralidad.
Cada
año, a fines de Junio y principios de Julio, el pueblo se viste con sus
mejores atuendos: los pelayeros preparan su residencia y su corazón para
recibir a familiares, amigos y fuereños. Todos los rincones de la
vivienda se llenan de improvisadas camas y las inigualables hamacas en
las que reposará más de un “guayabo” pelayero, fruto además, de los
juegos del amor.
Los patios perderán la
tranquilidad bucólica del verano que acompaña la vida cotidiana para
convertirse en parqueaderos, inmensas cocinas para alimentar los
ejércitos de invitados y no invitados que llegan a San Pelayo.
El Festival del Porro y
las vacaciones del mes de Junio, son el pretexto para congregar la
familia, hacer la comilona de viuda de carne salada, sancocho de
gallina, chicharrón o mote de queso y conversar entorno a los “chismes”
anécdotas y sucesos que de una u otra forma afecta a la familia.
Conversar, por que ella,
“la conversa” es una directa y cercana forma de vida del sinuano cuya
oralidad fecunda el amor y la amistad. La oralidad no se opone a la
escritura, pero aquella es una condición básica del carácter y de la
personalidad espontánea del sinuano. El hablar es parte principal en la
vida generosa, gesticulante de una cultura de río y ciénagas.
El porro y las bandas de
músicos son los convocantes para renovar los lazos familiares y de
amistad que constituye una terapia increíble para consolidar el amor por
el pueblo.
En esas reuniones de
patios, puertas y esquinas, habrá risas, recuerdos, lágrimas y silencio
que explotan en el corazón, pero sobre todo, habrá palabras vibrantes
saltando de boca en boca para animar la vida.
San Pelayo será otro y
desde un mes antes o más, por sus calles deambulará el espíritu de la
música, anunciando que el festival se aproxima. “Pitosolo” recorrerá las
calles del pueblo; se llama Elio Francisco Ramos, un músico que hizo
parte de la Banda Aires de la Madera, un corregimiento de San Pelayo, y
conjuntamente con Manuel Zapata Olivella y Delia Zapata Olivella,
recorrió el mundo. Cuando regresó a su banda, esta había desaparecido.
El Compae “Goyo” dijo que perdió el juicio por los efectos de la música
y hoy, hace veinte años, se le ve por calles y caminos con un clarinete,
tocando la música de la tierra, solo, con su “legión” de espíritus,
sintiéndose un músico del mundo.
San Pelayo se llenará de
música de hojitas, gaitas, “chiflidos” y viento, el viento mismo será
música como en los tiempos precolombinos del Zenú. El misterio de
la música se levantará en cada residencia con la voz del clarinete,
trompeta, redoblante, bombo, bombardino, en fin, de noche y de día, como
la vida misma.
Entre tanto, los
personajes mas importantes del pueblo serán los músicos y otros que
engalanan con la riqueza de su ternura senil, el parque y las calles,
como antaño lo hacían Adriana, Agustin Viellard, Manuel “Zumbio”, el
“Ñato” Guerra, que ya no están entre los vivos. En el XXIX
Festival del Porro no escucharemos la dulce voz de la trompeta de Julio
Paternina, ni el clarinete de Gil Guerra, pero en el parque, en el atrio
de la Iglesia, en las calles y callejones del pueblo se percibirá la
música cargada de recuerdos.
Esto todo es solo
memoria del pueblo, memoria de los últimos treinta años, durante los
cuales se ha visto un cambio fundamental. Hoy, quienes tienen
veinticinco años (25) años, apenas tenían tres (3) cuando un reducido
numero de muchachos y muchachas soñaban con el Festival y un 24 de Junio
de 1977, vieron una alborada musical con una banda de músicos, infinita,
organizada en el parque de San Pelayo, fue un amanecer gigantesco que no
les cabía en el entendimiento, pero los llenó de nostalgia y llanto. Fue
un reencuentro con el tiempo ido, con la música que casi no escuchaban
tan directamente. Ya el disco y la radio habían reemplazado a las
bandas, todavía no había tanta televisión.
Fue el inicio del
segundo aire del Porro en general y del Porro Pelayero en particular.
También de las bandas de músicos. Una segunda oportunidad para la música
y el arte en San Pelayo, a partir del estudio de la tradición.
Hoy cuando se habla del
aprendizaje significativo, esto es más cierto que nunca. Muchos en
Córdoba han aprendido a escuchar a Beethoven con el Porro Pelayero.
Según nuestras fuentes,
en este 2005 se están cumpliendo cien (100) años desde cuando José Lugo
Espinosa y Samuel Herrera, dos Loriqueros traídos especialmente por los
organizadores de los fandangos de pascua, fundaron la Banda “Ribana” de
San Pelayo. Fue el inicio de la tradición bandistica de San Pelayo, que
se consolido con la creación de obras musicales en aire de porros,
fandangos, puyas, sobre un repertorio de danzones, valses, pasodobles,
marchas y otros aires interpretados con las características impuestas
por los pelayeros en las fiestas en corraleja, fandangos, velorios,
funciones de iglesia y toda suerte de festejos populares.
La tradición recoge las
prácticas, usos y costumbres de la segunda mitad del siglo XIX, época en
la que predominaban los bailes Cantados o Fandangos Cantados y bailes de
Cumbia que organizaban los barrios de “Pelusa” y “Tomate” durante las
fiestas de pascua. Pelusa, era el barrio de “Arriba” y Tomate, el barrio
de “Abajo”. Por eso los nombres de las primeras bandas de San Pelayo
comprometen la tradición de los barrios “bajero” y “ribano” las bandas “Ribana”,
“Bajera”, “Central”, le dieron a este pueblo el posicionamiento que sus
condiciones políticas, económicas y sociales le negaron. De pueblo
olvidado y triste, se convirtió en la Capital Mundial del Porro.
Entre 1905 y 1930,
fueron creadas las obras musicales que hicieron famoso a San Pelayo y
fué la invención de hombres humildes con apellidos muy conocidos en la
región: Garcés, Ramírez, Paternina, Angulo, Galvan, Guerra, Herrera y
muchos más, creadores de Maria Varilla, Soy Pelayero, el Pájaro, el
Ratón, el Sapo Viejo, el Binde, el Pilón, la Mona Carolina, el Sábado de
Gloria, el Tortugo, el Gran Narzo, No te Tires por el Suelo, Siete de
Agosto, Catalina, Lorenza, Mocarí, La Seca, el Fandango Viejo Pelayero,
la “Chucha” de la Perra y otras.
Esa tradición de música
y danza, sacó a San Pelayo del anonimato, a finales de los años setenta
(70), cuando un grupo de personas decidieron organizar el Bicentenario y
Primer Festival del Porro Pelayero del 24 al 26 de Junio de 1977. Hasta
ese momento la gente de este pueblo se avergonzaba de haber nacido aquí
y huían de él, emigraban con una leyenda negra a cuestas, burlándose de
sus políticos y administradores a quienes censuraban por su ineptitud y
deshonestidad. De los Concejales se decía con alguna razón, que
sesionaban ebrios. En fin hace treinta (30) años, la juventud acusaba a
la clase dirigente de entonces de ser la responsable del olvido y atraso
de San Pelayo. Los pelayeros que se iban del pueblo, jamás se reconocían
de San Pelayo.
Esto, cuando
realizaremos el XXIX Festival del Porro, ha cambiado y se ha consolidado
un proceso de identificación formidable que, no obstante, no ha cambiado
radicalmente Viejos Vicios de la cultura política. Apenas se dan los
primeros pasos para que el Festival del Porro sea organizado por una
Fundación como entidad autónoma y democrática y no por una junta
nombrada directamente por el alcalde de turno y compuesta por sus
amigos.
Desde 1977, un trabajo
paciente ha configurado un imaginario que le ha dado nueva forma y
contenido a la Sinuanidad. María Varilla se ha erigido en un símbolo
Categórico del Sinuano, como música y danza. Musicalmente es el himno
popular del Departamento de Córdoba y coreográficamente expresa el
sentimiento más puro de la cultura regional. Ella no es una mujer
concreta, es un mito y como tal es solo espíritu que renace cada vez que
la música extiende sus alas de mariposa invisible para sensibilizar a
hombres y mujeres.
El guapirreo es
expresión de ese espíritu que se apropia del danzante. Ellas lo
perciben, también los músicos. En ellas, la danza es un estado de
levedad y sus pies apenas tocan tierra, las caderas se mueven de
izquierda a derecha en un movimiento de batir de palmeras al viento.
Todo su cuerpo se mueve con increíble suavidad, esto es, no hay en el
porro ni en el fandango un movimiento brusco. Es una danza con
movimiento espiritual pero con propósito terrenal, se advierte en el
rostro de ella y en los movimientos de él, quien la persigue tratando de
atraparla con trampa: Lanzar el sombrero al suelo es una de ellas; pero
ella se defiende con el manojo de espermas, de un acoso construido sobre
la música. Esta crea el espíritu, mejor, revive el espíritu de la
sinuanidad que ilumina el rostro de la mujer. Ella no se pertenece, el
espíritu cabalga en ella en un desdoblamiento de la personalidad que la
hace un ser etéreo en una danza de orígenes paradójico, judeocristianos,
americanos y africanos, en una hibridación de varios siglos.

http://www.festivalnacionaldelporro.org/
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