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EL MAYORAL O MAYORDOMO
El
mayoral es el hombre más importante entre todo el personal necesario en
una ganadería brava.
Su nombre varía según lugares o comarcas. En Salamanca y la zona centro
se llama mayoral; en Andalucía, conocedor, y en América, especialmente
en México, caporal. En Portugal, jefe de los campiñas o campiña mayor.
Pero en todas partes, a pesar de su diferente denominación, su misión es
idéntica, ejercer las funciones de jefe -y máximo responsable- de todo
el personal -vaqueros, ahijadores, novilleros y zagales- necesarios en
una ganadería brava de cierta dimensión. El trabajo de mayoral es de
gran responsabilidad, y por ello de difícil acceso para muchachos
jóvenes y de primer oficio. Para llegar a este puesto debe pasarse
primeramente por otros menos importantes. Es un orgullo dentro de las
familias de los mayorales que el puesto se herede de padres a hijos.
Misión del Mayoral
Su
misión consiste en llevar la máxima responsabilidad de la vacada,
estando al tanto de todos y cada uno de los apartados en que ésta se
divide, transmitiendo al ganadero las incidencias de la misma,
departiendo con él sobre las decisiones. Aunque delegue en sus
subordinados, debe ocuparse directamente de los toros o «carnada de
saco», acompañando a la corrida seleccionada hasta su muerte en las
plazas y, en ausencia del ganadero, ostentar su representación y darle
las notas del juego de sus toros.
Obviamente, debe vivir en la finca, siendo el primero que se levante y
el último que se acueste, y, como el capitán de un barco, ir por delante
en cualquier operación de responsabilidad o riesgo. Debe ser un gran
jinete y poseer conocimientos generales de agricultura, alimentación y
zootecnia. Ni que decir tiene que, para llevar los partes y las
anotaciones en los libros, su cultura debe sobrepasar la normal de un
hombre de campo, llegando incluso, en la actualidad, a tener
conocimientos básicos para utilizar un ordenador. Todas estas
condiciones y cualidades no son fáciles de reunir en un solo hombre. Por
eso los grandes mayorales que en la historia han existido brillaron con
luz propia, casi equivalente -por no decir, en ocasiones, mayor- a la de
los ganaderos.
Tal es el caso de «Domi», el mayoral de Atanasio; Severiano, el
de Antonio Pérez; Lucio, el de Cobaleda, o Reyes, el de Jandilla. Con las
primeras luces del alba se levanta todos los días el mayoral para
organizar al personal y distribuir el trabajo de toda la jornada. Con su
ayudante acude a echar a los toros, antes de desayunar, para volver a
las diez de la mañana. Después de almorzar, apareja su caballo y recorre
la vacada, comprobando los nacimientos, verificando las cubriciones y
observando los añojos y los erales hasta el El mayoral, además de tener
a sus órdenes a los vaqueros, pastores y demás mozos de campo, ostenta
la máxima responsabilidad ante el ganadero de la marcha de la vacada.
Al
mediodía, después de comer, tiene que volver a echar comida a los toros.
A su vuelta a casa, en invierno, ya puesto el sol, todavía no ha
concluido su tarea, puesto que, al amor de la lumbre, tiene que pasar
las anotaciones de campo de la libreta de hule a los libros de
ganadería. Eso, si no ha habido algún becerrillo desmadrado que requiera
ser atetado a la ubre de la «suiza». En primavera, cuando los días son
más largos y el trabajo menor, saca tiempo para «arreglar»
un potro nuevo.

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