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Porro Pelayero
PATRIMONIO
CULTURAL DE CÓRDOBA
Lic.
William Fortich Díaz
El “Porro
Pelayero”
es un fenómeno que trasciende lo estrictamente musical y por tanto, no
es un asunto exclusivo de músicos. Es una realidad antropológica y
sociológica que irrumpe a partir de la creación en San Pelayo, de más
de 25 obras musicales en aires de Porro y Fandango, en las primeras
décadas del siglo XX.
Está
demostrado hasta la saciedad, que Alejandro Ramírez Ayazo, Pablo Garcés
Pérez y los músicos de las bandas “Ribana y Bajera” de San Pelayo, son
los compositores de estas obras. Esto en vez de incomodar, debe servir
para organizar un verdadero reconocimiento a los creadores citados. Los
más importantes músicos posteriores y que hoy son el orgullo de Córdoba
en la música de banda, se formaron en San Pelayo como Miguel Emiro
Naranjo, director de la Banda 19 de Marzo de Laguneta, Joaquín Pablo
Argel, Director de la Banda “11 de Noviembre de Rabolargo”; Cristóbal
Genes Hernández, director de la Banda Nueva Esperanza de Manguelito y
muchos más, ratificando que fue San Pelayo el epicentro del movimiento
musical que dio origen a un hecho cultural que consolidó la identidad de
los sinuanos. Sin el “Porro Pelayero”, se careciera del sentido de
pertenencia que caracteriza al sinuano de hoy. Pero claro, fue con la
participación de “las Corralejas”, las fiestas patronales, los fandangos
y otros festejos populares propios de una sociedad campesina,
pueblerina, en la que está sepultada la placenta del sinuano.
Cuando en
Ciénaga de Oro alguien dijo encontrar las partituras originales de
“María Varilla”, no es por la veracidad de tal presunto hallazgo; es que
se sabe que esta obra es un tesoro y se han intentado fórmulas para
arrancarla de San Pelayo y trasladarla a Corozal,
San
Marcos y otros pueblos del Caribe, menos mal; que la “Mona Carolina”
tiene otro nombre y nació en San Marcos; que Sábado de Gloria se llama..
Pero las
averiguaciones y las pruebas recolectadas tanto por vía documental como
tradición oral, nos dicen que todo sucedió en San Pelayo y por tanto, es
legitimo llamarlas “Clásicas Pelayeras”, nada tiene que ver esto con que
en San Pelayo, hoy, solo existan dos, tres o ninguna banda. En Grecia no
se continuó la escritura de otras obras clásicas para reemplazar la
“Iliada” y “la Odisea”, ¿Quien sucedió a Homero en la mitología griega?,
claro que hubo filósofos, poetas, dramaturgos, historiadores. Esto
sucedió en una etapa excepcional de la historia griega y nadie critica a
la Grecia de hoy.
Es
atrevido comparar la cultura griega clásica con la cultura Sinú. Esto es
posible cuando se declara la independencia del pensamiento del dominio
eurocentrista y esto permite ser orgulloso del pueblo en donde se nace,
somos Caribes, de la tierra en donde se ve nacer y morir el sol y allí
está ubicado San Pelayo, que pudo ser Ciénaga de Oro, San Marcos,
Sincelejo, Corozal, pero es San Pelayo, la tierra de la dinastía de los
“Paternina, Guerra, Angulo, Galván, Garcés, Ramírez, Luna, Herrera” y
otros tantos, autores del “Porro Pelayero”.
Este es un
referente de la cultura sinuana, tallado en el tiempo y definido por
nosotros y los otros. Ningún investigador inventó la diferencia que
existe entre sinuanos, cachacos, paisas y sabaneros. Los sinuanos no se
perciben sabaneros, pero mucho menos, paisas. El cartagenero y el
barranquillero reconocen en el acto al otro, cuando hablan con un
sincelejano o un monteriano. El “Porro Pelayero” recoge esta diferencia
que como un imán es reconocida y aplaudida como mismidad por nosotros.
El Sinú es distinto, el Porro Pelayero no es el porro en general; eso
lo saben Alcides Suárez, Eduardo Angulo, tanto como lo supieron Lucho
Bermúdez, Pacho Galán y los Piña.
El
pueblo del Caribe lo ha llamado así, sencillamente para difundirlo e
identificarlo, no para excluir, en algunas ocasiones lo ha llamado
“Sinuano”, “Cordobés”, “Palitiao”, pero es el mismo “Porro Pelayero”,
nacido en las primera décadas del siglo XX y creado por los autores
citados.
La
sinuanidad que nos viene de la era precolombina irrumpe en él, que es la
música de la juventud en los años 20 y 30. María Varilla, una mujer que
enamoró a un pueblo, lo popularizó. Las corralejas fueron su escenario
principal, animando a manteros, garrocheros, banderilleros y al infinito
guapirreo de mil voces que extienden sus alas sobre el redondel. Los
fandangos se convirtieron en monumento a la danza en la que fue Rey,
vestido a la usanza del campesino, con sombrero vueltiao y de la
campesina con falda larga y espermas alumbrando la noche en pueblos
oscuros y olvidados

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